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¿El amor no existe… o no es el que estás eligiendo?

Preguntas para mirar con honestidad lo que deseas, lo que esperas y las relaciones en las que estás poniendo tu tiempo y tu corazón.

Por Michelle Riley Octubre de 2026 6 min de lectura
Mujer pensativa junto a una ventana al atardecer, con una taza entre las manos

¿El amor no existe? ¿En serio? ¿O has vivido tantas decepciones que creerlo se ha convertido en una forma de protegerte?

Entiendo que puedas sentirlo. Cuando has confiado, te has ilusionado y has vuelto a salir lastimada, cuesta mantener la esperanza. Sobre todo cuando miras hacia atrás y descubres que, aunque las personas eran diferentes, muchas de tus historias terminaron haciéndote sentir igual.

Poco elegida. Confundida. Esperando una claridad que nunca llegó.

Y entonces aparece esa frase: «El amor no existe».

Yo también la dije. Acababa de terminar una relación de cinco años. Me había jurado que esta sí era para siempre y terminó como todas las anteriores. Me acordé del día de mi boda con esa persona: mientras yo bajaba en el ascensor hacia la recepción, unas amigas comentaban entre ellas «a ver cuánto le dura». Cuando me enteré, me dolió muchísimo. Eso pensaban de mí. Y lo peor es que yo también lo pensaba. Pero no era lo que yo quería.

Por eso, cuando esa relación terminó, mi primer pensamiento fue: definitivamente el amor no existe. O por lo menos, no está hecho para mí.

Hoy sé que no era cierto. Por eso quiero invitarte a detenerte antes de darla por cierta. ¿Lo que has vivido cuenta toda la historia del amor o solo la de las relaciones que has conocido hasta ahora?

Porque hay hombres que aman, que se comprometen, que expresan lo que sienten y cuidan el vínculo que construyen. Reconocer que existen despierta una pregunta incómoda: si eso es lo que quiero, ¿qué está pasando en mis elecciones?

Vale la pena acercarnos a esa pregunta con honestidad y también con compasión. A veces alguien oculta sus intenciones, miente o cambia su manera de tratarte. Haber confiado no te hace responsable del daño que otra persona decidió causar.

Pero también hay momentos en los que sí tenemos información y nos cuesta aceptarla. Momentos en los que lo que deseamos pesa tanto que comenzamos a interpretar la realidad a favor de nuestra esperanza. Ahí es donde quiero que miremos juntas.

¿Tienes claro qué amor quieres vivir?

Cuando dices «quiero que me amen», ¿qué significa eso para ti? ¿Una relación estable? ¿Un proyecto compartido? ¿Una pareja con la que puedas hablar de lo que sientes sin preguntarte después si pediste demasiado?

Muchas veces conocemos con detalle a quien nos gusta: qué le interesa, cuándo suele escribir, qué temas prefiere evitar. Pero nos cuesta responder algo mucho más cercano: ¿qué necesito yo para sentirme bien dentro de una relación?

Si no te das espacio para responderlo, puedes terminar adaptándote a lo que aparezca. Puedes llamar «paciencia» a una espera que te duele.

Querer una relación comprometida es válido. Querer algo casual también lo es. La pregunta es si ambos quieren lo mismo. Si alguien te dice que no busca compromiso y tú sí lo deseas, ¿tomas en cuenta esa información para decidir o empiezas a preguntarte cómo lograr que cambie de opinión?

Porque es posible sentir muchísimo por alguien y, aun así, estar enamorada de un futuro que esa persona nunca te ha ofrecido.

Quizá te aferras a lo atento que fue al principio. A ese fin de semana en el que todo se sintió como tú querías. Esos momentos existieron. Pero también existe lo que ocurre el resto del tiempo.

Si todo siguiera igual, ¿elegirías quedarte? Sin una fecha futura para el compromiso. Sin la promesa de que después tendrá más tiempo. Con lo que hay hoy.

¿Qué pasa contigo cuando alguien te gusta?

Tal vez, cuando estás sola, tienes clarísimo lo que quieres. Pero conoces a alguien que te mueve el piso y comienzas a negociar contigo misma.

«No me escribe mucho, pero cuando estamos juntos es maravilloso».

«Dice que no quiere una relación, pero me busca todos los días».

«Nunca hacemos planes con anticipación, pero debe ser por su trabajo».

Cada situación tiene su contexto. Lo que merece atención es cuánto necesitas explicarte para seguir sintiéndote cómoda en ella.

A veces ponemos tanta energía en resultar interesantes, comprensivas y fáciles de querer que dejamos de evaluar cómo nos sentimos nosotras. ¿Te gusta cómo eres cuando estás con él? ¿O estás pendiente de cada gesto, calculando cuánto acercarte y cuánto callar para que no se aleje?

¿Reconocerías el amor que dices querer?

Imagina que conoces a alguien que expresa interés con claridad. Que propone verte y cumple. Que respeta tus tiempos y tiene espacio en su vida para conocerte.

Quizá te sentirías tranquila y entusiasmada. Quizá no sentirías atracción. Eso también es válido: que alguien sea una buena persona no te obliga a querer una relación con él.

Pero si descubres que la incertidumbre suele aumentar tu interés, vale la pena observarlo. ¿Te atrae esa persona o te mantiene pendiente el esfuerzo de conseguir su atención? ¿En qué momento conocer a alguien se convirtió en una prueba que necesitas superar?

¿Qué historias se parecen en tu vida?

Piensa en tus últimas relaciones o en las personas en las que has puesto más ilusión. ¿Qué tenían en común? Y cuando aparecía una diferencia importante entre lo que tú querías y lo que la otra persona podía ofrecer, ¿qué hacías?

Mirar un patrón puede doler. También puede abrir una posibilidad: dejar de tratar cada historia como un episodio aislado y empezar a comprender qué necesitas revisar. Nada de eso exige culparte por el pasado. Exige escucharte con más atención en el presente.

¿Qué estás dispuesta a elegir diferente?

Desear otro tipo de amor puede llevarte a tomar decisiones difíciles. Despedirte de alguien que te gusta porque quiere una vida distinta. Sostener un límite aunque tengas miedo de perder el vínculo. Aceptar que la conexión que sientes no alcanza para construir la relación que necesitas.

También puede implicar abrirte a conocer personas sin exigir que todo se decida de inmediato y permitir que la confianza se forme con el tiempo.

No tienes que estar perfectamente resuelta para amar ni para ser amada. El amor que deseas involucra a otra persona, con sus decisiones y su libertad. No puedes garantizar que aparezca. Lo que sí puedes hacer es mirar con mayor claridad a quién le estás ofreciendo tu tiempo, qué estás recibiendo y cuánto espacio dejas para una relación compatible contigo.

Antes de volver a decir «el amor no existe», escribe tus respuestas a estas preguntas:

  • ¿Qué quiero vivir en una relación, de manera concreta?
  • ¿Qué me está ofreciendo la persona en la que estoy poniendo mi ilusión?
  • ¿Qué estoy aceptando por miedo a que el vínculo termine?
  • ¿Qué información me cuesta reconocer porque contradice lo que deseo?
  • ¿Qué decisión sería más coherente con el amor que digo querer?

Respóndelas para ti, sin buscar la respuesta que suene más fuerte. Escribe lo que hoy puedes reconocer, incluso si todavía no sabes qué hacer con ello.

Si quieres ir un paso más allá, haz el Test de autoconocimiento amoroso. Es gratuito, son 15 preguntas y te ayuda a ver cómo estás tomando tus decisiones en el amor.

Hacer el test

El amor que quieres sí existe. La pregunta es: ¿hay espacio para construirlo dentro de las elecciones que estás haciendo hoy?

Te abrazo con muchísimo cariño.

Michelle Riley

Master Neurocoach & Trainer

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